Lo que no existe

Podemos saber mucho de una cultura cuando conocemos su lengua: lo importante queda subrayado por multiplicidad de palabras que permiten matizar; lo desconocido y lo irrelevante carece de palabras para designarlo. Ese vacío, el de lo que no puede expresarse, es muy elocuente. En fotografía, cada género tiene su vacío, y suele ser fácil reconocerlo.

Si tenemos que caracterizar el género de fotografía de naturaleza, vendrá a la mente imágenes de paisajes idílicos con o sin la presencia de fauna (o flora en primer plano), siendo la única especie excluida en el encuadre el homo sapiens. No solo se excluye su presencia como especie, se excluye todo aquello que pueda sugerirla, cualquier posible intervención de esa especie en lo que se está observando. La omisión es explícita en los concursos de fotografía del género que, expresado de una forma u otra, siempre incluye la puntualización de no admitir imágenes donde haya humanos presentes ni tampoco aquellas en las que aparezcan intervenciones humanas (caminos, carreteras, edificios… nada).

Cebra e impalas en Sudáfrica. Fotografía de Yanick

En estas bellas imágenes, algunas de ellas realizadas tras largas horas de paciencia, seguimiento y observación, se reafirma la barrera cuyas bases impuso el materialismo de Bacon: hombre y naturaleza ya no son lo mismo. Nos dicen, sobre todo, que entre eso que vemos y nosotros hay una distancia, que nosotros no formamos parte de ello y que ello no forma parte de nosotros. Nos dicen que podemos ser observadores desde la barrera, desde las instalaciones construidas por otros hombres (una carretera en el caso de la fotografía que ilustra este artículo), que nuestra relación con eso que se fotografía será siempre mediada. La tierra ya no es nuestra madre, no existen diosas de la fertilidad, de la abundancia, no somos uno con el resto de las especies.

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