Forzar significados

Hemos acuñado el término Posverdad para referirnos al modo en que los discursos actuales, especialmente los de los medios de comunicación, ya no ponen el acento en la verdad sino en las emociones que nos producen, el objetivo con el que se crean.

No es un fenómeno nuevo: en todas las épocas los discursos se han adaptado para resaltar aquello que se quería transmitir (debería ser suficiente prueba las obras de arte religioso de las iglesias occidentales, el único discurso permanente que podían interpretar personas analfabetas). La universalización de la instrucción favoreció que los discursos permanentes ya no fueran únicamente pictóricos sino también escritos; la industrialización favoreció su dispersión en periódicos, revistas y medios de comunicación. Internet ha dado el siguiente paso favoreciendo la dispersión de estos discursos mediante sitios web (como este) y redes sociales. Aparentemente cualquier ciudadano tiene la capacidad de generar un discurso y difundirlo, aunque deberíamos preguntarnos si realmente es así.

Pero antes de abordar esa cuestión, atendamos otra que pudiera ser anterior: ¿en qué forma esos discursos y su utilización afectan nuestra forma de percibir y entender el mundo? No es una cuestión nueva, ya los griegos se enfrentaron a ella, estableciendo los mecanismos del discurso eficaz en la Retórica de Aristóteles. En la antigüedad ya éramos conscientes de que lo que se decía, incluso la ficción, tenía el poder de moldear el modo de pensar de toda la sociedad.

Las enseñanzas de Aristóteles permanecieron prácticamente intactas hasta la segunda mitad del siglo XX, tras las dos guerras mundiales. Florece entonces la semiótica o semiología como ciencia que estudia los sistemas de comunicación dentro de las sociedades. Se pone especial énfasis en las lenguas habladas y escritas, se analiza los discursos pictóricos, y se habla poco de la fotografía. ¿Acaso no es la fotografía, cada vez más, un sistema de comunicación y de generación de sentidos?

En la época en que el aforismo “una imagen vale más que mil palabras” se convierte en uno de los clichés más dañinos en la construcción de significados, la fotografía huye de la interpretación, quizás por haberla asociado, desde su nacimiento, a una peculiar dicotomía: lo fotografiado ha tenido que estar presente en el momento de la toma (de ahí deducimos su indiscutible existencia o veracidad), pero a la vez (y ahí reside la fuerza de la fotografía antes del advenimiento del retoque digital) lo que la fotografía muestra puede no ser verdad. Quizás nos sorprenda descubrir que, la aceptación de la fotografía en sus inicios no vino tanto de los discursos científicos a favor de su valor como herramienta para documentar la realidad, sino por su valor estético para falsearla: los primeros (y difíciles) retoques sobre la imagen fotográfica fueron los que popularizaron el retrato por su capacidad de mostrar una imagen favorablemente alterada del retratado.

La utilización de la imagen para ilustrar las noticias y reportajes en los medios de comunicación no hizo más que llevar al extremo el aforismo y la ausencia de crítica en el análisis de lo comunicado: si la noticia dice que esto es así y hay fotografías que muestran ese punto de vista, ¿quién puede ponerlo en duda?

Barcelona, 17 de octubre 2009. Manifestación para que la transexualidad deje de considerarse una enfermedad

Esa fotografía, tomada durante una manifestación, muestra parte de lo que estaba allí en ese momento, eso es indiscutible, y la fotografía, sin lugar a dudas, dice que había una manifestación. La pregunta es ¿cómo lo dice?

Creo que no me equivoco si supongo que lo que primero ha atraído tu atención es ese personaje de primer plano, un personaje curioso que resulta muy fotogénico por diferenciarse de lo habitual, de esas otras personas que se ven en el fondo de la imagen. Ese señuelo no está ahí por casualidad, ha sido una elección en el momento de la toma fotográfica y por eso ocupa ese espacio, ese lugar. Si se quiere documentar gráficamente una manifestación para la normalización de la transexualidad, ¿no es acaso una buena imagen aquella que muestra un transexual en primer término?

Volvamos a pensar, ¿cuál es el objetivo de la manifestación? ¿quiénes la forman? Si se trata de normalizar, una fotografía en la que se destaca, por encima del resto, al personaje más llamativo, no logrará su objetivo.

Fijémonos en el fondo de la imagen: hay varias personas, hombres y mujeres, apoyando el objetivo de la manifestación. De hecho (y esta información no está en la fotografía sino en mi recuerdo), la mayoría, con diferencia, de los asistentes a esa manifestación, son lo que tradicionalmente se denomina “personas normales”, gente cuya identidad de género y sexo se identifican, gente cuya presencia dice más en favor de la normalización que el hecho de destacar al personaje llamativo.

En fotografía todo es elección y sesgo. Decidimos qué objetivo utilizar, y según esta decisión la perspectiva y la sensación de distancias se modifica; elegimos qué encuadrar, y según esta decisión estamos dando protagonismo a unos elementos respecto a otros, a un mensaje concreto respecto a otro; elegimos la composición, y según esa disposición de los elementos reforzamos un mensaje u otro. Y precisamente porque transmitimos poderosos mensajes a través de imágenes, debemos ser conscientes de la responsabilidad que ello conlleva. Son muchos los casos y ejemplos obvios de la influencia de la fotografía en los comportamientos sociales: la fotografía de mujeres de proporciones idílicas y cutis de seda (maquillado o retocado posteriormente) favorece que las adolescentes (y no tan adolescentes) toman esos modelos de belleza e intentan asemejarse a ellas; fotografiar paisajes eliminando los elementos que nos molestan (postes de la luz, papeleras, etc…) hace que el viajero se sienta desilusionado al llegar y ver que el lugar no es tan idílico; …

Suele argumentarse que las personas deben ver la fotografía sabiendo que no es realidad, pero diariamente estamos expuestos a miles de imágenes y nuestra formación en lenguaje visual no nos permite detectar todos los engaños a que se nos expone. Quizás es cierto que deberíamos reforzar la enseñanza de los elementos del lenguaje visual para que todos pudiéramos darnos cuenta de esas manipulaciones y actuar con las debidas cautelas, pero nunca está de más asumir las propias responsabilidades en el momento de apretar el disparador o, sobre todo, en el momento de exponer la fotografía en público o difundirla por redes sociales.

¿Qué ha llamado mi atención? ¿A qué mensaje se corresponde? ¿Está en consonancia o en oposición con lo que yo creo? ¿Amplía mi percepción del mundo o la reduce? Formulemos estas preguntas a las fotografías (parece difícil, pero es como conducir: con el tiempo lo haces inconscientemente).

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