Julio Cortázar y el diablo fuera de cuadro

Para quienes no estén habituados a leer buena literatura, un relato que empieza como “Las babas del diablo”, puede resultar todo un reto:

“Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.”

Ateniéndonos a las reglas de la narrativa, ahí debería estar condensada la esencia de la historia que nos va a contar y sin embargo, a simple vista, parece que no arroje más que interrogantes.

En realidad el párrafo inicial de este magistral cuento de Julio Cortázar contiene los ingredientes de que se compone la historia: la dificultad. Son varias las decisiones que cualquier creador (el relato habla explícitamente de un fotógrafo, pero es extrapolable a otros campos de creación): qué incluir y qué excluir, desde qué punto de vista, en qué registro… Nos habla también de otra duda creativa: atenerse a las normas establecidas o inventar nuevas formas de expresión.

“[…] La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Cóntax 1.1.2) […]”

Las dudas del narrador de la historia del fotógrafo Roberto-Michel, que es él mismo y a la vez no es él mismo, nos hablan de ese agujero que hay que contar, esa máquina de fotografiar a la que se refiere como hueco, como espacio no existente. ¿Por qué? ¿No sería una máquina de fotos, con su solidez, lo contrario a un agujero?

“Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago, para estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere.”

En el arranque de la historia hay mucha insistencia en las dudas: qué contar, cómo contarlo, por qué contarlo. Quizás para entender el modo en que Cortázar nos presenta el relato en este inicio será bueno traer a colación algo que él mismo dijo ante un auditorio (y recogido en “Algunos aspectos del cuento”):

“Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa a efecto, de psicologías definidas, de geografías bien cartografiadas. En mi caso, la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable, y el fecundo descubrimiento de Alfred Jarry, para quien el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes sino en las excepciones a esas leyes, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo.”

No obstante, no nos engañemos, aunque Cortázar (fotógrafo además de escritor), diga que su producción pertenece al género llamado fantástico, el tema del relato no tiene por qué serlo.

También, en “Aspectos del cuento”, nos habla de la fotografía:

“No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassaï definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.”

Y eso es, ni más ni menos, lo que trata en este cuento cuya lectura proponemos: “Las babas del diablo”. El relato narra el modo en que se recorta ese fragmento de la realidad, en que se fijan esos límites y cómo el resultado, una vez ampliado en la pared del estudio del fotógrafo, actúa como una explosión y abre de par en par esa otra realidad más amplia, la que nos está relatando el narrador de la historia.

Se trata de un cuento sobre el proceso fotográfico en particular y sobre el proceso creativo en general, pero también sobre la recepción del resultado, sobre cómo experimenta el público (en este caso el propio fotógrafo) la obra cuando se enfrenta a ella. Por todo ello, y por todo lo que no se puede explicar para no arruinar tu experiencia de lectura, te recomiendo vivamente esa lectura (de apenas unos quince minutos). Con ello tendrás material más que suficiente para meditar tu proceso fotográfico, lo que se incluye y lo que no se incluye en el encuadre.

Después, si te sabe a poco, puedes buscar la película de Antonioni, Blow-Up (Deseo de una mañana de verano), y ver cómo interpretó la historia ese director.

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