El gangster que no lo era tanto

Para construir una historia de gangsters en pleno centro de Madrid hace falta poco: un hombre con gabardina y sombrero, un buen contraste entre luces y sombras. Ya tenemos el principio de la historia.

Fotografía (sin título) de Moisés Lucas

Aunque si tenemos el principio de la historia se debe a algo más que a ese personaje de primer término, se debe también a la ausencia de distracciones: el hombre que acaba de cruzarse con él, por ejemplo, viste muy convenientemente de negro pero podría haber vestido con colores chillones, con un pantalón hippy a rayas, ¿qué habría ocurrido con nuestra historia entonces?

Afortunadamente no hay una distracción cercana y nuestro hombre de la gabardina y sombrero se ha cruzado con un hombre que viste de negro. Quizás éste le ha entregado algún mensaje que nuestro gangster guarda en el bolsillo derecho de la gabardina (su derecha, no la nuestra). De ahí esa cara casi sonriente que no se correspondería al espía que aún tuviera que alcanzar el objetivo de la misión.

¿Hace bien nuestro hombre en confiarse? Hay varios personajes en el último término, algunos apenas disimulados (como ese que aparece justo encima del hombro de la gabardina, atento a la pantalla del teléfono móvil donde parece estar escribiendo algo); otros notoriamente visibles (como el hombre de rojo que está sentado al fondo, a la izquierda de la imagen). ¿No será que están vigilando a nuestro espía?

Fijémonos bien, el de la chaqueta roja está mirando precisamente en nuestra dirección, como dándonos la señal que ese es el sujeto. Y por si no habíamos identificado a nuestro compañero, viste del mismo color que el objeto del cual parece emerger nuestro hombre de la gabardina. ¿Aún dudamos? En breve va a vibrar nuestro teléfono móvil, alertados por ese otro personaje al fondo que nos está diciendo que dejemos de distraernos y tomemos la foto de una maldita vez.

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