Cuando una imagen no basta

El uso de los medios web para la difusión de noticias e imágenes nos han acostumbrado a la brevedad, a destacar una única imagen, a hacer viral un único aspecto de un tema. En contraposición aún prevalecen como ejemplo de tratamiento de un tema los reportajes gráficos de grandes fotógrafos para revistas, siendo uno de los más clásicos «Country doctor» (médico rural), el clásico ensayo de Eugene Smith para la revista Life, que data de 1948. Sorprende también, en este contexto de fast-media, el creciente interés por los fotolibros, ya sea para el uso doméstico de álbum de fotos, ya sea para la difusión de un proyecto fotográfico (en el sentido más amplio).

Y es que a veces, por no decir siempre, una imagen no es suficiente. La contención que supone resumir en una sola imagen aquello que quiere transmitirse con la fotografía (aunque uno ni siquiera se haya planteado por qué o qué quiere transmitir) supone también restricciones en el punto de vista, en los matices que pueden transmitirse. Si hay una mentira ampliamente extendida es la de «una imagen vale más que mil palabras». Una sola imagen jamás podrá darnos la riqueza de matices que intentaba transmitir quien tomaba la fotografía, solo podrá despertar en nosotros los recuerdos de circunstancias parecidas para revivir nuestras ideas preexistentes sobre ella, pero difícilmente podrá darnos un nuevo aspecto, una disonancia con nuestro pensamiento. Pongamos como ejemplo el trabajo fotográfico de Martin Parr.

Martin Parr: GREECE. Athens. Acropolis. De Small World. 1991.

Es fácil que, para quien no esté familiarizado con el trabajo de Martin Parr, vea en esta fotografía (o cualquiera de las que conforman su extenso trabajo) tan solo una imagen como tantas otras, una imagen similar a las que podría ver en un muro de facebook o en otras redes (con una buena composición y generalmente un magistral sentido del color). ¿Qué puede decirnos esta imagen aislada que no supiéramos ya? Quizás por ese motivo Martin Parr es uno de los principales defensores del fotolibro, la colección de imágenes, frecuentemente acompañadas de texto, que permite mostrar la sensación personal que ha llevado a la necesidad de tomar y difundir esas fotografías. En el caso de Martin Parr, una excelente exposición de nuestros hábitos de ocio, no en el aspecto glamuroso de la fotografía con presencia del autor como acto de exhibición de una vida ideal (abreviado en el anglosajón término selfie) sino en el aspecto más masivo y menos llamativo (sirva como ejemplo las imágenes de comidas que suelen formar parte de sus ensayos fotográficos).

Una de las múltiples desgracias de la fotografía es la de la singularidad sugerida por su nombre y por su soporte. La unidad es una fotografía y no, como en el cine, un conjunto de estas. Quizás ese es otro de los motivos por los cuales pensamos en «un fotón» (gran foto en jerga fotográfica, no confundir con la partícula elemental) y no en colecciones de fotos. Puede que la influencia del manido «instante decisivo» haya sido otro de los grandes males para la concepción de la fotografía como índice único y condensador de la realidad (y motor para la necesidad actual de vivir infinidad de grandes «instantes decisivos», pero eso es otro tema). Lo cierto es que ni una imagen vale más que mil palabras ni basta con una sola imagen para comunicar una sensación compleja, una experiencia única. Quizás por eso lo único que puede expresarse en imágenes aisladas sea lo manido, la fotografía-postal.

Para poder tratar un tema fotográficamente, por tanto, no será suficiente una sola imagen. Como tampoco lo será colocarse ante eso y fotografiar compulsivamente, sin reflexión. Porque para que el resultado transmita algo, será necesario indagar qué es lo que nos inquieta, atrae, seduce… de esa situación, lugar o tipo de escena. Sin esa reflexión no seremos capaces de dar al conjunto el eje que nos permita agruparlas para mostrarlas de modo que el espectador (sea el espectador un familiar o alguien desconocido) pueda encontrar en ellas esa sensación.

Y ahí es donde nos encontraremos, como ya vimos que hacía Julio Cortázar en Las babas del diablo, preguntándonos cómo debemos contar esto.

 

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